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Yolanda Campos "Primer Intento"
Yolanda Campos                               "Primer Intento"

Houston, tenemos un problema

“Las cuatro menos cuarto“ se dijo mirando su reloj. Tenía el tiempo justo para llegar al colegio y recoger a los niños. Esa tarde su mujer había quedado con sus antiguos compañeros de facultad. Sus instrucciones eran claras: recoger a los niños, darles de merendar, ayudarles con los deberes y, si se hacía tarde, hacerles algo de cena. Dichas tareas no eran las habituales de sus tardes. Jesús, a sus cuarenta años dedicaba la mayor parte de su tiempo a trabajar, lo que le quedaba libre al footing y a su familia, por ese orden.


Miguel y Julia entraron en casa como una tromba, dejando abrigos y mochilas por cualquier sitio. Les faltó tiempo para encender la televisión. Su padre les llamó la atención, “seguro que con su madre no hacían eso“. Julia miró desafiante a su progenitor con sus profundos ojos azules. A sus ocho años tenía el carácter bastante formado, normalmente se salía con la suya, sobretodo porque era el ojito derecho de su padre. Miguel más proclive a acatar órdenes, tomó su anorak del sofá y agachó su desgarbado cuerpo para recoger la mochila del suelo. Con cuatro años más que su hermana, bastantes kilos más y sin sus maravillosos ojos claros (los tenía castaños, heredados de su padre), sabía perfectamente cuando no debía sacar fuera su recién estrenada rebeldía preadolescente.


Mientras los niños permanecían en sus habitaciones haciendo los deberes, Jesús empezó a pensar en qué les iba a dar de cenar. “No puede ser tan difícil, Mamen lo hace todas las noches”, observó tocándose su hendido mentón, a la vez que inspeccionaba el interior de la nevera. Se sobresaltó cuando sintió un tirón del faldón de su camisa. Era Julia, le gritaba algo de una araña, de un disfraz y que su madre se había olvidado. Con la niña más calmada, por fin consiguió entender la situación: había que hacer un disfraz de araña para que su hija lo llevase al día siguiente al colegio para la fiesta de Halloween. Él no tenía ni idea de cómo hacer el dichoso disfraz, pero no había tiempo que perder, buscó y rebuscó en su mente, sin previo aviso irrumpió en la habitación de Miguel y le interrogó al respecto, pero nada. El que su hijo estuviera jugando en el ordenador le dio la clave:”Facebook” ¡Claro!¿Cómo no se le había ocurrido antes? 


Inmediatamente contactó con sus colegas de la red. Las propuestas le parecían inútiles: recortar dos óvalos de cartulina para el cuerpo (No tengo cartulina, escribió); hacer el traje con tela ( “No se coser”  le respondió histérico a su amigo); ir a una tienda a comprarlo le sugirió Manolo, el más práctico de ellos (“Eso ya lo había pensado, pero están cerradas las tiendas a estas horas” contestó molesto)


Suplicando inspiración, su mirada se paró en el cubo de la basura, más concretamente en la bolsa. Sin perder un minuto más los tres se pusieron a trabajar.
Cogieron una bolsa de la basura (que debería de haber sido negra pero era azul), unos cuantos periódicos y revistas, algodón y trapos, tijeras y pegamento. Rellenaron con el algodón y los trapos la bolsa de la basura (Julia era tan delgada que tuvieron que utilizar mucho relleno) a la que previamente le habían practicado unos agujeros para los brazos y las piernas de la niña. Con los periódicos y revistas enrollados a modo de catalejo y forradas de papel de aluminio, Miguel hizo las patas de la araña que pegó al cuerpo (cuando iba por la sexta pata su padre le advirtió que los brazos y las piernas de su hermana contaban como cuatro patas de la señora araña). El toque final fue la careta que diseñó y fabricó Julia, el resultado: una mezcla de oso panda y mosca.


Satisfechos con su trabajo, se comieron vorazmente la pizza que habían encargado por teléfono y se fueron a la cama.


Al día siguiente, Mamen se presentó en la habitación de Julia con un fantástico disfraz de araña que había adquirido en una tienda especializada varios días antes. Muy seria su hija la miró y le dijo que quería el disfraz que había hecho con su padre el de araña extraterrestre. Cuando Mamen reparó en el cuerpo azul y las patas plateadas de la araña, entendió todo.

 

Yolanda Campos

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