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Yolanda Campos "Primer Intento"
Yolanda Campos                               "Primer Intento"

Soy Raquel y estoy gorda. También soy licenciada en Derecho, tengo treinta años, estoy soltera y desde hace cinco años trabajo en un despacho de abogados. Se podría decir que mi vida es perfecta salvo por un pequeño detalle: estoy enamorada de Mario, uno de mis jefes.

Llegó al bufete hace menos de tres años y desde que entró por la puerta el primer día, no he podido quitar mis ojos de él. Es alto, moreno, muy atractivo, amable, casi diez años mayor que yo, pero eso no importa. He trabajado junto a él en algunos casos y siempre demuestra camaradería. Se da un aire a Clive Owen, así que me compré la peli del Rey Arturo y todas las noches me deleito mirándole e imaginándome que soy Ginebra. Total, ninguno de los dos está a mi alcance.

Esta semana, estaba discurriendo como cualquier otra hasta el miércoles por la tarde. Me había llamado a su despacho para comentar los datos de un caso y la documentación que nos hacía falta. Yo, aunque intentaba mantenerme concentrada en sus palabras, no lo lograba, dejando volar mi imaginación. Debía de estar jugando con mi bolígrafo, cuando de repente salió disparado bajo su mesa. Sin pensarlo me metí bajo la misma para recuperarlo. En ese momento abrió la puerta el señor Villanueva, el socio más antiguo,

-Mario podemos... -y la imagen que le ofrecimos fue lamentable: Mario sentado y yo de rodillas debajo de la mesa mirando hacia su entrepierna. Sin articular palabra cerró la puerta. Cuando me incorporé mi cara competía con la suya en rojez. No hablamos más, me marché a mi puesto.

El viernes a las seis, mi hora de salida, recogí mis cosas, me puse el abrigo y, despidiéndome hasta mañana, salí. Al llegar cerca de los ascensores oí que me llamaban. ¡Era él!

-¡Raquel! Espera que bajo.

Yo muy solícitamente sostuve la puerta del elevador . Con un escueto “gracias” ingresó en la cabina a mi lado. Era la primera palabra que cruzábamos desde el “incidente”. Mi corazón latía a tal velocidad que estoy segura de que él podía oírlo. No hablamos nada durante los escasos dos minutos de trayecto, pero al llegar a la acera me espetó:-¿Quieres tomar un café?

No intenté hablar sólo asentí con la cabeza.

Fuimos a una cafetería cercana. Pedimos dos cafés con leche y hablamos, bueno habló sobretodo él,de trabajo. Aquello empezaba a mosquearme. “¿ A qué venían tantas atenciones?” La respuesta se hizo paso en mi cerebro como un trailer a toda velocidad:¡Me van a despedir! Seguro que el señor Villanueva, ese carcamal reprimido, le había afeado su conducta, apelado a la moral, a las normas de la empresa y le habían endosado a él el marrón.

Así que me preparé para lo que tuviera que llegar. Se le notaba tenso, sus manos se aferraban con crispación a la taza y en su frente empezaron a aparecer pequeñas perlas de sudor.

-Raquel- pronunció con voz queda mi nombre.

En ese preciso momento quise decirle que no era necesario, que ya sabía porqué estábamos allí y que recogería mis cosas al día siguiente sin montar ningún escándalo. Pero algo me frenó.

-Quiero decirte algo- siguió diciendo en el mismo tono.

Yo le veía sufrir y no entendía nada.

-Me gustas- dijo con contundencia, liberándose de toda la presión. -Me gustas mucho, desde que enfilé el pasillo de la oficina por primera vez y tú estabas esperando a hacer unas fotocopias.

No se si es posible imaginar desde fuera cómo me sentí en ese momento. No sabía si reír o llorar, si salir corriendo o abalanzarme y besarle.

No hice nada de eso. Simplemente le confesé que sentía lo mismo.

Aún no comprendo cómo nadie de la oficina sospechó nada durante los seis meses que duró la relación y menos que fuese yo quién la rompiese.

Algunas noches vuelvo a ponerme El Rey Arturo y me deleito pensando que al doblar cualquier esquina puedo encontrar a mi Clive Owen.

 

Yolanda Campos

 

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