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Yolanda Campos "Primer Intento"
Yolanda Campos                               "Primer Intento"

Caprichos del Destino

No recuerdo cuándo comencé a fijarme en ella...

Desde mi exclusiva posición, cada mañana observo la calle, sus comercios, los transeúntes... mientras saboreo mi segunda taza de café. Las considerables dimensiones del escaparate de mi librería eran perfectas para mostrar los libros de forma atrayente– o, al menos eso creía yo cuando pagué una cifra con cuatro ceros a la amiga decoradora “la leche de buena no vas a encontrar otra igual” de un amigo. Ya no es mi amigo–. Como decía, las medidas de mi exposición me permiten, camuflado tras la decoración, un puesto de cotilla discreto. Además, los clientes tiene la deferencia de no incordiarme muy a menudo.

Así comencé a ver su figura, su melena creativa, su mirada centrada en no sé qué. Llevo meses suspirando porque entre en mi local. Pero ella, todas las mañanas a la misma hora, pasa de largo sin detenerse a mirar, ni siquiera de reojo, mi caro escaparte. Y como un adolescente, amordazados mis principios, me enamoro de unos graciosos andares, de una entreverada melena, de una fugaz silueta.¡Mañana...

Hoy Aurora camina hacia el trabajo. Se detiene ante un escaparate y lee: “Se Alquila”.

No recuerdo cuándo comencé a fijarme en ella...

Desde mi exclusiva posición, cada mañana observo la calle, sus comercios, los transeúntes... mientras saboreo mi segunda taza de café. Las considerables dimensiones del escaparate de mi librería eran perfectas para mostrar los libros de forma atrayente– o, al menos eso creía yo cuando pagué una cifra con cuatro ceros a la amiga decoradora “la leche de buena no vas a encontrar otra igual” de un amigo. Ya no es mi amigo–. Como decía, las medidas de mi exposición me permiten, camuflado tras la decoración, un puesto de cotilla discreto. Además, los clientes tiene la deferencia de no incordiarme muy a menudo.

Así comencé a ver su figura, su melena creativa, su mirada centrada en no sé qué. Llevo meses suspirando porque entre en mi local. Pero ella, todas las mañanas a la misma hora, pasa de largo sin detenerse a mirar, ni siquiera de reojo, mi caro escaparte. Y como un adolescente, amordazados mis principios, me enamoro de unos graciosos andares, de una entreverada melena, de una fugaz silueta.¡Mañana...

Hoy Aurora camina hacia el trabajo. Se detiene ante un escaparate y lee: “Se Alquila”.No recuerdo cuándo comencé a fijarme en ella...

Desde mi exclusiva posición, cada mañana observo la calle, sus comercios, los transeúntes... mientras saboreo mi segunda taza de café. Las considerables dimensiones del escaparate de mi librería eran perfectas para mostrar los libros de forma atrayente– o, al menos eso creía yo cuando pagué una cifra con cuatro ceros a la amiga decoradora “la leche de buena no vas a encontrar otra igual” de un amigo. Ya no es mi amigo–. Como decía, las medidas de mi exposición me permiten, camuflado tras la decoración, un puesto de cotilla discreto. Además, los clientes tiene la deferencia de no incordiarme muy a menudo.

Así comencé a ver su figura, su melena creativa, su mirada centrada en no sé qué. Llevo meses suspirando porque entre en mi local. Pero ella, todas las mañanas a la misma hora, pasa de largo sin detenerse a mirar, ni siquiera de reojo, mi caro escaparte. Y como un adolescente, amordazados mis principios, me enamoro de unos graciosos andares, de una entreverada melena, de una fugaz silueta.¡Mañana...

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Desde mi exclusiva posición, cada mañana observo la calle, sus comercios, los transeúntes... mientras saboreo mi segunda taza de café. Las considerables dimensiones del escaparate de mi librería eran perfectas para mostrar los libros de forma atrayente– o, al menos eso creía yo cuando pagué una cifra con cuatro ceros a la amiga decoradora “la leche de buena no vas a encontrar otra igual” de un amigo. Ya no es mi amigo–. Como decía, las medidas de mi exposición me permiten, camuflado tras la decoración, un puesto de cotilla discreto. Además, los clientes tiene la deferencia de no incordiarme muy a menudo.

Así comencé a ver su figura, su melena creativa, su mirada centrada en no sé qué. Llevo meses suspirando porque entre en mi local. Pero ella, todas las mañanas a la misma hora, pasa de largo sin detenerse a mirar, ni siquiera de reojo, mi caro escaparte. Y como un adolescente, amordazados mis principios, me enamoro de unos graciosos andares, de una entreverada melena, de una fugaz silueta.¡Mañana...

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Desde mi exclusiva posición, cada mañana observo la calle, sus comercios, los transeúntes... mientras saboreo mi segunda taza de café. Las considerables dimensiones del escaparate de mi librería eran perfectas para mostrar los libros de forma atrayente– o, al menos eso creía yo cuando pagué una cifra con cuatro ceros a la amiga decoradora “la leche de buena no vas a encontrar otra igual” de un amigo. Ya no es mi amigo–. Como decía, las medidas de mi exposición me permiten, camuflado tras la decoración, un puesto de cotilla discreto. Además, los clientes tiene la deferencia de no incordiarme muy a menudo.

Así comencé a ver su figura, su melena creativa, su mirada centrada en no sé qué. Llevo meses suspirando porque entre en mi local. Pero ella, todas las mañanas a la misma hora, pasa de largo sin detenerse a mirar, ni siquiera de reojo, mi caro escaparte. Y como un adolescente, amordazados mis principios, me enamoro de unos graciosos andares, de una entreverada melena, de una fugaz silueta.¡Mañana...

Hoy Aurora camina hacia el trabajo. Se detiene ante un escaparate y lee: “Se Alquila”.

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