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Yolanda Campos "Primer Intento"
Yolanda Campos                               "Primer Intento"

 

PRIMER INTENTO EN LISBOA

 

Cuando escribes un libro en el que los protagonistas viajan a Lisboa, ciudad en la que tú nunca has estado. Tienes una asignatura pendiente.

El viaje a la capital vecina estaba programado para mayo, pero todos sabemos cómo son estas cosas. Al final se produjo varios meses más tarde.

El domingo nueve de septiembre hacia las siete de la tarde, como una lisboeta más engrosaba los doce kilómetros de atasco que se forman para cumplir con el genial invento del peaje. Una vez formalizado el “pagamento” sólo me separaban de mi destino los dos kilómetros del Puente 25 de Abril.

La primera vez que ves el estuario del Tajo te impresiona. La pregunta es inevitable:¿Eso es el mar o el río?

Desde que pisé suelo lusitano, mi deseo era seguir los pasos de Helena, llegar al río. Fue sobrecogedor de noche recorrer la Rua Agusta, pasar por debajo del enorme arco que da paso a la impresionante Plaza de Comercio, su curiosa iluminación de leds en el suelo, que crean una atmósfera intimista y al fondo … la escalinata y los bancos que dan directamente al río. Por unos segundos dejé de respirar, pero al mismo tiempo mi pulso se aceleró. “Ella estuvo aquí” me repetía. Me sentía un poco intrusa, pero encantada de haber conseguido ingresar en el mundo de Helena y Luis.

A partir de ese momento ya no lo dejé: subir andando al Castillo de San Jorge, bajar en el tranvía; visitar la Torre de Belén y buscar el rinoceronte; volver a cruzar el puente 25 de Abril para ir a Caparica y bañarme en su playa (con la ventaja de que al ser verano el agua estaba deliciosamente fresca) y, por supuesto el Archivo. Costó lo suyo encontrarlo (cosas de los planos), es lo único que me defraudó (os recomiendo mi idealizada descripción), por eso unas fotos y a otra cosa.

He montado en metro, tranvía antiguo, autobús, tranvía moderno, ferry, sólo me ha faltado el taxi, recorriendo la ciudad. Helena y Luis estuvieron sólo tres días. Yo toda una semana para callejear, deambular, oler, mirar, ver, oír, escuchar, una ciudad viva, orgullosa de su pasado, que te ofrece todo lo que tiene para que lo disfrutes.

Y cuando, poco a poco, has adquirido pequeñas rutinas que te convierten en uno más: pides con soltura un café “pingado” para rematar tus comidas; conoces el truco de la salida de l metro de Baixa-Chiado de la linea verde para no subir cuestas y salir justo a la plaza de Camöes donde se reúne todo tipo de gente por las noches ( y donde hay una tienda de tres pisos. Paraiso de las que nos gustan los paños de cocina,los manteles,las toallas...); paseas por la avenida Liberdade hasta Restauradores y de paso contemplas los escaparates de las firmas de moda más caras del mundo; o te compras un helado enorme en la plaza de Comercio (de almendras crudas, nunca he probado nada igual) y te vas a comértelo a los bancos al borde del río Tejo... Entonces llega el momento de recoger tus cosas, hacer las maletas y partir, montarte en el coche y volver a cruzar el puente 25 de Abril, pero esta vez en dirección a España. Y lo atraviesas mirando por la ventanilla, queriendo retener en tu memoria todo lo más posible, diciéndote que está muy cerca, que cualquier día, en cualquier momento volverás … Todavía hoy, un mes después, las lágrimas acuden cuando escribo ésto y recuerdo ese helado en los bancos a la orilla del río.

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© Angel Del Castillo Llorente

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