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Yolanda Campos "Primer Intento"
Yolanda Campos                               "Primer Intento"



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Aquel era un viernes como otro cualquiera. Se levantó temprano, se dio una ducha rápida y se vistió para bajar a desayunar. El hotel en el que se alojaba con asiduidad desde hacía dos años era de los modernos, decoración espartana pero limpio y agradable.

 

La reunión era a las diez. Luego, volvería a casa en el primer vuelo que saliera. Estaba deseando que aquel encargo terminase, su trabajo se caracterizaba por la escasez de rutina y esto estaba muy cerca de serlo.

 

Concluido el desayuno, subió a su habitación para recoger las pocas pertenencias con las que normalmente viajaba: algunos productos de higiene personal, un par de camisas, un suéter en épocas de frío y un traje por si la situación lo requería. En cambio, su equipaje de trabajo abultaba bastante más, ordenador portátil, catálogos, documentación … Aún así, estuvo preparado en media hora para coger el taxi que le llevaría al Archivo de la ciudad.

 

Hacía un par de años que su empresa se había puesto en contacto con los archivos de España y Portugal, con el fin de ofrecerles colaborar en un proyecto pionero de reconocimiento de escrituras antiguas mediante un programa informático. Básicamente se quería conseguir que el programa leyera los documentos antiguos y facilitar así el arduo trabajo que realizan los paleógrafos. Esto sólo seria posible si entre éstos y los informáticos se colaboraba en la realización de dicho programa.

El primer archivo que respondió a la iniciativa fue el Archivo Histórico Ultramarino en Lisboa. En él se encontraba actualmente el mayor volumen de documentación para la historia de Brasil referente al periodo colonial e imperial.

Por esa razón, viajaba todas las semanas a Lisboa desde Madrid últimamente.

 

Debería haber llamado al taxi antes, no me gusta ir con tan poco tiempo de margen, si hay atasco llegaré tarde– reconoció en voz alta, justo cuando la camarera llegaba con el carrito de limpieza para hacer las habitaciones.

 

Tras dos horas y diez minutos de reunión, por fin estaba libre para volver a Madrid y disfrutar del fin de semana. Al principio, le pareció una buena idea lo de pasar tres o cuatro días de la semana en la Lusitania. Con el tiempo se había convertido en monótono, rutinario y, sobre todo, solitario a partir de su ruptura con Mónica.

“ ¿A qué viene ahora acordarme de Mónica? – se dijo–. Sí, al principio era fantástico, ella se quedaba en el hotel esperándome y luego nos íbamos a cenar, a recorrer las calles de la ciudad, cogíamos el elevador para trasladarnos a la parte alta. No estaba solo, pero… ya lo dice el refrán “más vale solo que mal acompañado”. Todo esto lo iba pensando mientras el taxi avanzaba por las calles de la ciudad intentando llegar al aeropuerto. A escasos metros de su destino, sacudió la cabeza. – ¡Qué pensamientos más extraños estoy teniendo hoy¡ Debo de estar más cansado de lo que quiero reconocer.

 

 

Entró al aeropuerto e hizo lo de rigor, (los trámites se habían complicado mucho desde el 11-S), ir al mostrador a validar su billete, facturar su equipaje, pasar todos los controles, asegurarse de la hora de salida y tratar de comprar la prensa española, a fin de estar informado cuando llegase a Madrid. Y sin ningún motivo, en ese momento apagó su teléfono móvil.

 

 

 

 

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Cuando llegó a Madrid, la tarde era fría. Lucía un sol radiante. Le recibió un cielo azul, limpio, luminoso, acogedor, que sólo los que han estado en Madrid en otoño ensalzan. El taxi hacía el familiar recorrido hacia su pequeño piso en el popular barrio de la Prosperidad. No era éste su barrio de referencia (desde pequeño había vivido en el “lujoso” barrio de Salamanca) pero cuando llegó el momento de comprar una vivienda para él, pudo más la proximidad al trabajo que el arraigo o la cartera.

Fue precisamente en ese momento cuando, al conectar de nuevo su teléfono móvil para comprobar si tenía llamadas perdidas o mensajes, sucedió lo inesperado. Efectivamente, había llamadas de la oficina: “el pesado de Manolo”, dijo para si. Seguro que ya tenía un montón de planes preparados para el fin de semana. Era el tío con más marcha y menos ganas de comprometerse del mundo. Algo más bajo que él, su estatura no superaba el metro ochenta, de complexión fuerte, rubio, con el pelo lacio que él intentaba mantener peinado hacia atrás, con ojos de un azul claro pero intenso, que te miraban siempre con una pizca de socarronería, que gustaba a las mujeres y mantenía alerta a los hombres. No recordaba haberle conocido ninguna novia medio formal en los últimos años. Cuando se lo presentaron – hacía de aquello lo menos diez años –, llevaban en la empresa cinco años pero en distintos departamentos. “Es lo que tienen las multinacionales trabaja tanta gente que es imposible conocer a todos”, pensó, recordando la escena: su jefe diciéndole “Luis, aquí te presento a Manuel Abad, a partir de ahora vais a trabajar juntos y creo que os llevareis bien”. – ¿Lo diría porque los dos teníamos ya pinta de solteros empedernidos?–. Otra vez hablaba en alto y a solas esa mañana.

Había también algunos mensajes que borraba casi sin leer del todo. Uno de ellos, sin embargo, no lo pudo eliminar fácilmente. Su corazón dio un vuelco, sus pulsaciones se aceleraron a velocidad alarmante. Instintivamente se llevó una mano al lado izquierdo en un intento inútil de frenarlo, al mismo tiempo abría el mensaje y leía las palabras con las que empezaba: “¡ Hola Lucke ¡”

No consiguió seguir leyendo, eran demasiadas emociones contenidas en esas dos palabras, demasiados sentimientos obligados a permanecer ocultos durante años. Solamente una persona en este mundo empezaría con un saludo así: “ Lucke”, eso venía de cuando eran jóvenes, no de la Guerra de las Galaxias, como sería obvio suponer si no de una serie televisiva titulada “La Conquista del Oeste” que veían ese verano y al gracioso de Oscar se le ocurrió bautizar a todos con los nombres de la serie.

 

Como pudo, Luis, terminó de leer el sms. Decía algo de que no le había felicitado por su cuarenta cumpleaños y vaguedades varias.

Tiempo después leería y releería el mensaje cientos de veces sin creerse que hubieran pasado veinte años desde que la viera por última vez.

Ella era Helena, Elena con “hache” como solía presentarse.

 

Igual que un auténtico autómata salió del taxi y subió a su piso. Se desvistió y metió en la ducha con el deseo de que el agua caliente hiciera un milagro y que, al salir, todo hubiera sido fruto de su imaginación. Estaba muy cansado. Sacó una cerveza del frigorífico – no había mucho más donde elegir – , se tumbó en el sofá y pulsó el mando a distancia de la tele.

 

Un sonido estridente e impertinente le sacó del letargo en el que la ducha y la cerveza le habían sumido.

Ya voy, ya voy– dijo cuando se percató de qué era lo que sonaba con tanta insistencia. El timbre de la puerta.

¡Joder Luis, estás sordo! ¡Llevo dos horas llamándote al móvil, al telefonillo… y nada tío creía que te habías quedado en Lisboa o que te habías muerto! ¡Yo qué se!

Era Manolo, su amigo y compañero. Quizá la única persona a quien podía querer ver en ese momento.

¡Qué mala cara tienes macho! No. Espera. Espera un momento… tú has comido mucho bacalao ¿no?

Hola Manolo –contestó, haciendo un verdadero esfuerzo ante la incontenible verborrea de su amigo– . – Pasa, siéntate –le indicó–. Sabes que no me vuelve loco el bacalao.

Venga, tío. Ya sabes a qué bacalao me refiero. ¿Ha caído ya la doctora esa?– mientras hablaba le daba un pequeño codazo, guiñándole un ojo con complicidad.

Manolo ¡No seas capullo!– fue todo lo que alcanzó a decir.

Entonces es algo peor. Te has enamorado– sentenció. – ¿Cuántas veces te he advertido de ello? Y tú nada. Acuérdate de que fui el único que te puso sobre aviso con Mónica.

 

Si no hacía algo, Manolo estaría así toda la tarde. Además no sabía porqué se resistía a contarle lo que había pasado. Al fin y al cabo, él era al único a quien se lo podía confiar.

Está bien, Manolo –dijo y una profunda respiración le ayudó a seguir hablando– no he comido demasiado bacalao de ninguna clase. No estoy enamorado de la doctora Poussadas … Lo que me ocurre… es esto– y le tendió el teléfono móvil para que pudiera leer el mensaje:¡Hola Lucke!¿Qué tal estas? Sentí mucho que no pudieras venir a mi cumpleaños. Hace demasiado tiempo que no nos vemos. No se nada de tu vida. Espero que estés bien. Un beso. Helena “con hache”.

 

La cara de Manolo era, como se suele decir “un poema”, sus ojos se habían afinado apareciendo sólo una raya azul y su boca se fruncía en una mueca de duda. Nunca en sus años de amistad le había visto quedarse mudo de aquella manera. Era evidente que el mensaje le había causado un gran efecto,pero Manolo era mucho Manolo. Su conmoción duró a penas unos segundos.

¡Serás cabrón! ¿Quién es HELENA! ¿Por qué nunca he oído ese nombre, nunca me has hablado de ella!

No se podía distinguir si lo suyo era más cabreo que sorpresa o al revés.

No te he hablado de ella… porque pertenece a un pasado que mantenía olvidado.

Ante la insistencia de Manolo, Luis no tuvo otra opción que empezar a contarle la historia desde el principio.

 

Todo empezó en una cancha de baloncesto un verano en la sierra, debía ser el año ochenta y uno. Estaba con dos amigos tirando unas canastas y llegó un grupo de unos cinco, entre chicos y chicas. Al principio nos evitaron. Luego una de las chicas nos invitó a jugar con ellos. “Así seremos más”. Se excusó. Como suele ocurrir, las chicas se comportaban más amigablemente que los chicos, ante tres tíos nuevos. Con todo, aquel día entramos a formar parte de la “pandilla ”.Las chicas eran Cristina, la que había venido a hablar con nosotros, Paloma, Bego y Helena. Ninguna era una belleza de esas de caerte, pero, nosotros tampoco. Los chicos ….

Tú infravalorándote, como siempre– le interrumpió Manolo.

¡Cállate, o no sigo!

Le espetó Luis muy enfadado. “No quería saber. Pues iba a saber”. Se dijo para sí.

 

 

 

 

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No recordaba cuántas veces, en ese año, se había dicho que debía subir a la buhardilla y hacer limpia. Aprovechó esa mañana que se encontraba en casa sola y, pertrechada con la aspiradora, trapos y unas cuantas bolsas se dirigió hacia esa parte de la casa.

Ante sus ojos aparecían en un perfecto caos: los libros del colegio de sus hijos, sus trabajos, paquetes enormemente pesados de apuntes de la universidad, juguetes con los que sus hijos ya no jugarían jamás… una sonrisa triste le brotó en los labios al distinguir, en un rincón, la pequeña maleta en la que guardaba las ropas de bebé de sus “niños”. También vio las pilas de azulejos sobrantes (esas no podría moverlas para limpiar).

Un bulto oscuro, al fondo, llamó su atención. Se acercó. Era una caja, decorada con motivos navideños. Aquello era extraño, todos los adornos de Navidad se guardaban siempre en el altillo del garaje junto al pino sintético. Una ola de emoción y nostalgia la invadió al reconocer la caja. Con manos temblorosas se la acercó y, como si de un tesoro muy preciado se tratase, limpió el polvo de la tapa y la abrió. Allí estaba contenida toda su juventud. De un vistazo rápido distinguió, los billetes de metro de los antiguos, esos que traían impreso el nombre de la estación en que los comprabas, en los que había escrito algo importante que había pasado ese día; su colección de posavasos, afición que compartía en aquella época con Cristina, las cartas que le mandaba Jaime, que eran un paquete enorme, las que ella le mandase a él… sin darse cuenta las lágrimas habían empezado a rodar por su rostro. No era tristeza, era nostalgia de un tiempo que ya no iba a volver. Siguió sacando recuerdos, entradas de conciertos, de cine, entre éstas el estreno de la Guerra de las Galaxias o de Grease… hasta que sus manos se toparon con una carta descolocada.

Era una carta de Begoña. No recordaba que Begoña le hubiera escrito una carta por iniciativa propia, siempre era el grupo entero el que escribía si uno de ellos se iba a otro sitio de vacaciones.

La carta estaba fechada en el verano de mil novecientos ochenta y dos, en agosto concretamente. Con mucha curiosidad se dispuso a leerla, sólo era una cuartilla.

Hola Helena! ¿Qué tal estás? Por aquí todo sigue igual. Todos los días vamos a la piscina por la mañana y por la tarde, porque hace bastante calor. Oscar nos tiene machacados con su manía de planear todos los actividades de la semana (como si fuera necesario. Todas las semanas hacemos lo mismo)

 

Su amiga seguía durante unas líneas más quejándose de lo aburrido que estaba siendo ese verano, por lo que pasó la vista por encima hasta dar con un párrafo que parecía más interesante.

De quien te quería hablar es de Cristina y de Luis. No paran de discutir. La última bronca la tuvieron ayer. Estábamos todos en el bar de siempre, en el de cerca la iglesia. Oscar dijo que si jugábamos al futbolín. Nos apuntamos todos menos Cris y Luis, ellos se quedaron en la mesa. Yo los veía de reojo, Cris era la que hablaba , pero él se mantenía con la cabeza gacha, no se si haciendo que escuchaba. La cuestión es que en un momento determinado Cris se enfadó mucho más y le arrancó la servilleta que él llevaba todo el rato pintando. Aquello produjo que Luis se levantara y se fuera a la calle. Cris le siguió y los demás nos quedamos de una pieza, pues no sabíamos qué había ocurrido. Yo me acerqué a la mesa y recogí la servilleta. La prueba del delito la he incluido en esta carta. Juzga tu misma.

Aquí acababa la carta, después Begoña se despedía con un beso y un “vuelve pronto que me aburro”.

Helena dio la vuelta a la cuartilla buscando “la prueba del delito” pero no halló ninguna. Decidió mirar entonces dentro del sobre. Veinticuatro años después la servilleta seguía allí. Era una de esas de bar, de papel muy fino, casi transparente que no limpiaban nada, curiosamente en los bares seguían teniendo esas servilletas. Sólo había un dibujo. Al principio no distinguió bien lo que era, luego, fijándose más lo vio. Era una Hache, grande que ocupaba toda la superficie, la profusa decoración era lo que le había despistado. En los tres trazos de la letra aparecían dibujados flores, hojas, pajaritos, formas geométricas, abstractas… ¿Significaba aquello lo que ella creía? Esa servilleta debía de ser la causa de que Cristina cortase con Luis y de su actitud hacia ella cuando se volvieron a ver.

 

 

 

 

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La idea llevaba tiempo rondando su cabeza. Pensaba muchas veces en aquellos tiempos, en su juventud, en los veranos, en la gente que por un motivo u otro, no había vuelto a ver y se le ocurrió. Sería como en aquella ocasión en que cumplían veinte años los tres y lo celebraron juntos toda la pandilla. Se sonrió pensando en que las fotos serían muy distintas. Ahora habría canas y kilos demás, pero volverían a estar todos juntos otra vez.

Dicho y hecho. Empezó a contactar con los que seguía manteniendo relación, para que a su vez se lo comunicaran a los otros. Llamó a Cristina, a Oscar … y todo el mundo parecía estar entusiasmado con la idea. Pero y él ¿alguien sabía su teléfono? ¿seguía alguno de ellos en contacto con Luis? Aquel era el “quiz” de la cuestión. Si él no venía no sería igual que en el pasado. Se dijo una y otra vez que debía ser ella la que le llamase, pero era una cobarde. No se habían vuelto a ver desde la boda de Cristina y Diego, y de aquello hacía casi veinte años.

“Le preguntaré a Bego si sabe algo de él y si es así que sea ella quien le llame” se dijo así misma, pensando que era una buena solución. Él había desaparecido de su vida sin explicación ninguna. No sabía por qué pero algo la frenaba a llamarle.

 

¿Bego? Sí, soy Helena. ¿Qué tal estás?

Por fin se había animado a llamarla.

¡Hola, Helena! Estoy muy bien. Cuánto tiempo sin hablarnos. Estamos todos tan ocupados.

Sí. Verás…, se me ha ocurrido que, como tú bien dices estamos muy ocupados y no nos vemos casi, podíamos hacer este año por mi cumple una fiesta de las de antes. Por lo que yo…

Aquí sintió que su aplomo se venía abajo y no estaba ni siquiera hablando con él.

En fin, que me gustaría poder reunir a la gente y repetir aquella fiesta que hicimos cuando cumplimos veinte años ¿te acuerdas?

Ya lo había soltado. Ahora sólo era cuestión de esperar la reacción de su amiga.

¡Oye eso es genial!

No pensó ni por un momento que Begoña fuera a reaccionar tan favorablemente.

Le pilló tan de sorpresa que se oyó diciendo: – No, si ya sabía yo que era una idea estrafalaria.

¿Estrafalaria? ¿Porqué? A mi me parece que ya estaba siendo el momento de reunirnos. Además yo me he comprado piso y sería la excusa perfecta para estrenarlo.

Con eso no había contado. No quería que aquella reunión se le fuese de las manos y por ello buscó un argumento con el que convencerla.

Verás, es que había pensado que al ser en verano y, puesto que tengo jardín, lo podíamos celebrar aquí. Ya sabes que a mi no me importa lo de tener que cocinar y, menos si es para una ocasión como ésta.

 

Begoña era una mujer atractiva, morena, de ojos castaños, metro sesenta de estatura, una persona excelente, pero no había tenido mucha suerte en su vida amorosa. Los dos novios que se le conocían, no habían dudado en dejarla cuando ella les propuso una relación seria, vivir juntos, casarse, tener hijos, lo típico en estos casos. Eso le había provocado una pequeña depresión, por lo que a los cuarenta años seguía viviendo en casa de sus padres y, ahora parecía que estaba tomando las riendas de su vida comprándose un piso.

“Ya habrá tiempo de festejar lo del piso de Bego“. Pensó Helena, “yo tengo un plan y no estoy dispuesta a que me lo chafen.”

Entiendo lo que me dices. Sí, en tu casa estaríamos más cómodos– reconoció Begoña que se había tomado unos segundos para contestar.

Era increíble cómo claudicaba y a la primera. Ahora venía la parte más difícil de la conversación. Esa en la que tenía que preguntarle por Luis.

Verás, ya he hablado con Cris, con Oscar … pero de quien no tengo ningún teléfono es de Luis … ¿No lo tendrás tú, por casualidad?.

Su corazón se había acelerado hasta cotas insostenibles. Pensaba que le daría un ataque si contestaba que no, pero … y ¿si contestaba que sí?

Sí. Yo tengo un número de teléfono móvil de hace unos años. No creo que lo haya cambiado, aunque tampoco sería extraño. Eso lo hemos hecho todos ¿no?

Su cerebro pensó deprisa una contestación creíble.

¿Te importaría llamarle tú y contarle el plan y así yo podría ir preparando otras cosas?

No hay ningún problema. Esta misma tarde le llamo y te cuento.

 

De aquella conversación había pasado casi un año. La fiesta de cumpleaños se llevó a cabo de una manera diferente de cómo la había planeado.

 

Luis no acudió, puso como excusa que volvía tarde de un viaje.

 

 

 

 

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Aquel viernes había seguido su rutina, hacer la compra, recoger la casa, etc... pero sin darse cuenta su mente empezó a recordar ese plan, esa fiesta de cumpleaños que tan fallida había sido… y de forma instintiva empezó a escribir en su teléfono móvil un mensaje cuyo destinatario iba a ser Luis. En él, le reprochaba no haber acudido a la fiesta y, además, no haberle felicitado. Luego de una manera más suave y sutil, le preguntaba por su vida, su trabajo, etc...

Lo mandó sin pensarlo mucho. De haberlo hecho, lo habría borrado y ya está. Ahora sólo cabía esperar ¿contestaría? De hacerlo ¿lo haría pronto?

 

 

 

 

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Durante media hora, Luis le refirió a Manolo cómo Helena había entrado en su vida.

Ella se incorporó al grupo unos días después a causa de un viaje de sus padres. Al principio era una más. No. No era una más porque ya estaba saliendo con Jaime. En el aspecto físico, le dijo, era similar a las otras, es decir, no era un “bellezón”, ni alta ni baja, ni gorda ni delgada… Otra cosa era su presencia, cuando ella estaba, se notaba que estaba. Te hacía sentir bien. Era natural, confiada, desinhibida… Quiero decir que… si te quedabas a solas con ella, era como estar con un colega, como si fuera un tío, en el sentido de que se podía tratar cualquier conversación sobre cualquier tema y no se escandalizaba ni se ponía a protestar, como lo hacían las otras chicas.

Todo aquello, le confesó, le hizo ir cayendo en su influjo. Su forma de moverse, de hablarte, de reír, le hacían feliz y desgraciado a la vez. Por ello tomó la decisión de fijarse en las otras y así, había empezado a salir con Cristina que, pese a ser muy amiga de Helena no tenía ningún parecido (la relación no pasó de un verano y con múltiples broncas). Al verano siguiente lo intentó con Paloma, diametralmente opuesta a Helena, aclaró con prontitud, pero nada. Ese verano fue el que más tiempo habían pasado juntos, pues Jaime no estaba y él, fue el primero en tener el carné de conducir. Nunca había podido olvidar las pequeñas excursiones que hicieron juntos y solos. Puntualizó.

 

Y así durante un buen rato más, hasta que llegó la separación tras la boda de Cristina y Diego. Después, nada de verse, nada de llamadas, nada de nada hasta el mensaje.

¡Joder! ¿Me acabas de contar que te enamoraste de una chica a principios de los ochenta y, que todavía sigues? O, eso crees. Entonces las otras, quiero decir, Ana, Natalia,¡Mónica! ¿No han significado nada? ¿Eres consciente que durante años fuiste el “soltero de oro” de la oficina? ¿Qué cualquiera de las mujeres de nuestro departamento hubiera caído redonda a tus pies, ayer mismo?.

Deja de decir gilipolleces, Manolo. No te pases. Reconozco que hace años tenía un pase, pero eso ya pasó.

 

Con un metro y noventa centímetros de estatura, Luis, tenía cierto atractivo para las mujeres, que aumentaba significativamente cuando se dejaba crecer la barba; abundante cabello negro, salpicado ahora de algunas canas, mandíbula cuadrada, anchas espaldas, hombros rectos y unos cálidos ojos oscuros atrincherados tras unos gruesos lentes de miope que le proporcionaban aspecto de intelectual. Su mayor enemigo siempre había sido el peso. Cuando de joven jugaba al baloncesto, conseguía mantenerlo a raya. La vida y el trabajo le hicieron abandonar el deporte, cargándose con algunos kilos de más.

 

Entonces, que yo me aclare, ¿Sigues enamorado de ella o no?

Manolo seguía intentando poner en claro la situación.

Porque si es así creo que lo más lógico es que la contestes al mensaje y que quedéis para veros y para… lo que se tercie…

¿Es que no puedes tomarte nada en serio!– se desesperaba Luis ante la frivolidad de su amigo. – Ni siquiera en una situación tan delicada puedo contar con algo de buen juicio por tu parte –su voz sonó a desesperanza–. Manolo, ella es una mujer casada, desde hace mucho tiempo. Y que yo sepa siempre les ha ido bien, se quieren, tienen dos hijos…, bueno eso que yo sepa…

¡Ahí le has dado! –Manolo interrumpió el tono de lamento en el que estaba cayendo su amigo. – ¡Que tú sepas! Pero, según tus propias palabras de hace un rato, tú ¡hace veinte años que no sabes nada de ella!

No quería gritarle, pero la pasividad y la autocompasión de Luis le estaban exasperando como nunca antes le había ocurrido. Quería a su amigo y sobretodo quería que fuera feliz.

Él podía cuidarse muy bien porque era fuerte. El divorcio, después de un tormentoso matrimonio cuando era muy joven, le había proporcionado una tranquilidad de espíritu y una adicción por el cinismo, que le hacían invulnerable a los fracasos sentimentales. Lo de su amigo era otra cosa.

Le había visto tener relaciones, pocas en los últimos diez años, pero siempre tuvo la

sensación de que no le llenaban, de que, quizá, no era la chica adecuada. Cuando conoció a Mónica y poco después se fueron a vivir juntos, Manolo sintió que su amigo podía estar salvado, aunque aquello supusiera el que la relación de amistad debiera quedar algo apartada. Todo valía si Luis era feliz, aunque a él no le encajaba Mónica, pero Luis no era feliz, al menos no del todo y rompió con Mónica a los dos años. Volvía a estar solo, aunque, curiosamente su estampa no era la de un hombre que acababa de romper una larga relación. No, todo lo contrario, se le veía sereno, a gusto consigo mismo. Ahora sabía el porqué de todo aquello, se llamaba Helena con “hache” y le había robado el corazón a los dieciocho años.

 

“Era realmente un milagro que hubiera vivido todos aquellos años sin corazón”. Bromeó consigo mismo.

Bueno. Vamos a tranquilizarnos– él era el primero que lo necesita. – Bueno –repitió– ¿Tú qué has pensado hacer? ¿Vas a pasar del mensaje? ¿Vas a contestarle con unas palabras de disculpa? y si te he visto no me acuerdo– volvía a espolear a su amigo, para hacerle reaccionar–, o ¿vas a tener dos cojones y vas a proponerle que os veáis, que habléis de los tiempos pasados, que os pongáis al día de vuestras respectivas vidas...?

 

Consiguió decirlo de un tirón sin volver a gritar. Le dejó tiempo para contestar. No quería presionarle, quería que recapacitara y meditase su siguiente paso.

 

 

 

 

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El sonido del móvil le cogió por sorpresa. No se lo pensó dos veces y contestó: – Sí.

No reconoció el número que aparecía en la pantalla.

¿Quién es?

¿Helena? Soy yo. Luis.

Aquellas cuatro palabras empezaron a repetirse en su cabeza, mientras se le aceleraba de manera preocupante el pulso: “Es Luis“. Intentaba contestar pero no conseguía articular ninguna palabra. Por un instante pensó en colgar y hacer como que no había pasado nada, pero eso no lo podía hacer, sería un acto ruin. Después de todo ella era la causante de esa llamada. Ella y, sólo ella y ahora tenía que hacer de tripas corazón y contestar. Pero qué le iba a decir, qué se le decía a alguien con quien no has hablado en veinte años. Y optó por lo más simple.

¡Hola Luis!¿Qué tal estas?

Su marido, por señas le preguntó que quien era, ella, tapando el aparato le dijo, “es Luis, no se qué quiere!” y se alejó de él, para seguir hablando.

No esperaba que me llamaras. Creía que contestarías al mensaje– le dijo casi en un susurro.

Deduzco que te he pillado en un mal momento. Pero no me apetecía empezar una cadena de mensajes sin sentido.¿Quieres que te llame más tarde?

Te lo agradecería mucho. Sobre las once estaría bien.

De acuerdo a las once te llamo.

 

Y ahora qué le decía a Jaime,qué excusa podía poner para dicha llamada. No podía decirle que se habían equivocado porque ya le había dicho que era Luis, así que tenía que ser algo creíble, algo convincente, pero ¿qué? Entonces inventó que se había enterado de lo del piso de Begoña y que si nosotros lo conocíamos, que por qué no intentábamos juntarnos todos allí. Por alucinante que parezca, a Jaime no le sonó a trola, simplemente le llamó la atención que haciendo tanto tiempo que no sabían nada de él, llamase para algo así.

Realmente era un alivio que los hombres, a veces fueran tan despreocupados y simples. De todas formas la situación no estaba salvada del todo. A las once volvería a llamar, porque… iba a llamar ¿verdad?. Tampoco estaba segura de que era eso lo que deseaba. Le daba miedo de sí misma, de que una vez iniciado no pudiera pararlo, fuera lo que fuese. ¿Sería capaz de hacerle la pregunta y ya? ¿Se quedaría él conforme? Lo que cada vez tenía más claro era que había destapado la caja de Pandora y que no era seguro que la situación fuera controlable.

De verdad ¿tenía derecho a actuar así?¿ Estaba poniendo en peligro su matrimonio y una amistad de más de veinte años por un capricho, por una duda que estaba caduca y que no tenía sentido ya más que para ella? Pero quizá era algo más, no se resistía a perder a los pocos amigos que había tenido en su vida y Luis era uno de los importantes, realmente el que dejasen de verse había sido una decisión unilateral, ella no tuvo arte ni parte, simplemente ocurrió y no sabía el porqué.

 

Eran las once menos cuarto de la noche. En menos de quince minutos, si era puntual, su móvil debía de volver a sonar y no quería que la pillase fuera de juego. Sólo esperaba que su marido se fuese a la cama a leer puntualmente, como todas las noches.

 

 

 

 

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Todavía no se podía creer lo que había hecho. Suponía que la presencia de Manolo le había forzado a tomar la decisión de llamar a Helena. Si hubiera estado solo quizá la elección hubiera sido otra, se habría perdido en un mar de dudas e indecisiones, pero su amigo era muy tenaz y, porque no decirlo, un cabezota metomentodo. De todas formas ahora se lo agradecía.

Eran las once, la hora convenida para volver a llamarla. Tenía que pensar muy bien lo que le iba a decir, pero, en realidad era ella la que le había mandado el mensaje. Decidió que lo mejor era dejar que se explicase, que fuese ella la que abriese fuego y luego, ya vería.

Con manos temblorosas marcó el número y esperó la señal. Al otro lado contestó Helena.

Hola. No sabía si volverías a llamar.

Lo que digo normalmente lo hago.

Perdona es que estoy un poco nerviosa y no se lo que digo.

¿Te puedo hacer una pregunta? ¿Porqué me has mandado ese mensaje?

No estaba dispuesto a ser él quien llevase el peso de la conversación.

Claro. Como te decía te invité a mi cumpleaños y no viniste. Me sentó mal, pero en aquel momento no me decidí a hacer nada.

Aquello le estaba costando a Helena una enfermedad. Se daba cuenta de lo difícil que era hablar con él sin ser directa como siempre lo había sido. Decidió que era el momento, ahora o nunca se dijo.

Me gustaría verte y hablar más tranquilamente.

Lo había hecho. ¿Respondería él favorablemente?

A mi también me gustaría ¿Como lo hacemos? – se oyó decir.

 

A partir de ahí fue una sucesión de fechas. Cuando uno podía el otro no. Finalmente quedaron para la semana siguiente. El marido de Helena se iba de viaje por trabajo y él, en cambio, no tenía que ir a Lisboa. La cita sería el miércoles a las cinco en una conocida cafetería del centro de Madrid.

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

Los días siguientes a la conversación fueron muy diferentes para ambos. Helena estaba nerviosa e irritable, se molestaba por cualquier cosa que hicieran Jaime o los chicos y en su afán de parecer normal lo empeoraba. Por primera vez en su vida se olvidó de poner a tiempo la lavadora para que su marido tuviera ropa para el viaje, se le quemó la comida y discutió más de lo normal con el pequeño de sus hijos. Realmente estaba, como las chicas de Almodóvar, al borde de un ataque de nervios. Eso, sin dejar de pensar en qué ropa se iba a poner para la cita con Luis. No era mujer de arreglarse mucho. Siempre comentaba que de ser por ella las empresas de cosméticos estarían en la bancarrota. Aún así, deseaba presentarse ante él con el mejor aspecto posible, pero sin parecer artificial. “Ya lo pensaré mañana” se decía todos los días a lo Scarlata O`Hara.

 

Para Luis, en cambio, aquella semana pasó volando. Se sentía como en una nube. Todos en la oficina lo notaron y hasta algunos se atrevieron a hacerle bromas de si había ligado el fin de semana. ”Necios. Qué lejos estaban de saber la verdad“. Se dijo así mismo mientras contemplaba su imagen en el espejo de los aseos de la oficina.

Sólo había otra persona que conocía su secreto y que casi estaba más entusiasmado que él. Manolo todavía no se podía creer que aquella aciaga noche hubiera convencido a aquel cabezota para que hiciera la llamada de rigor. Toda esta historia le transportaba a la adolescencia, cuando con sus amigos pasaba las tardes haciendo bromas sobre si a tal o cual le gustaba fulanita o menganita y animándose los unos a los otros para que les entraran a las chicas. Pero en su fuero interno estaba preocupado por Luis. Era plenamente consciente de lo que esto podía suponer emocionalmente para su amigo. Si salía mal, que era lo más probable, no se recuperaría en toda su vida. Aunque también cabía la posibilidad de que le sirviera para enterrar el pasado y dar paso a una vida nueva. De todas formas no valía la pena especular más. El encuentro sería al día siguiente.

 

 

 

 

 

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El miércoles llegó sin compasión para nadie, sólo Luis se comportaba como si fuera viernes. Lucía una sonrisa de oreja a oreja, saludaba con más amabilidad de lo normal a todo el que se cruzaba. Hasta al estúpido y pelota de Martínez le dio los buenos días y éste no le pudo responder de la sorpresa.

Como no quería llamar demasiado la atención había ido a trabajar en traje, como de costumbre, pero con la complicidad de Manolo, en el coche guardaba unos vaqueros y un suéter. No quería aparecer delante de ella como un “señor”. “Es curioso que no queramos reconocer el paso del tiempo ni a los cuarenta” reflexionó, mientras hacía que trabajaba en su proyecto del archivo.

A eso de las cuatro llamó a Manolo por la línea interna.

Manolo, tío no puedo más de nervios. Me estoy consumiendo, me sudan las manos. Creo que no voy a poder conducir, me voy a ir en metro, así me dará tiempo de calmarme. Sólo me faltaba pillar un atasco de esos que “no hay en Madrid “ y llegar tarde y que se haya ido, y …

¡Quieres calmarte!– gritó descontrolado Manolo. – Perdona. Perdona –se tranquilizó al momento. – Vale, voy al coche a por tu ropa y ya les cuento lo convenido.

 

A las cinco menos cuarto llegó a la cafetería. “Eso del metro era un buen invento. Casi lo tenía olvidado”. Se dijo mientras hacía ejercicios de respiración más propios de una parturienta.

Y ¿si no viene? Se le ha podido olvidar– se dijo, intentando auto-convencerse. Si no venía estaría preparado para lo peor. – Le ha podido surgir algo de última hora y no me puede llamar porque el móvil no tiene batería. Debería haberle dicho a Manolo que me acompañase. Mejor, que la hubiera llamado y hubiera anulado la cita por un viaje repentino.

 

Cualquiera que le viese hablando solo pensaría en lo trágica que puede ser la vida y en lo solas que están algunas personas o que era un loco más suelto por la ciudad.

Perdido en sus pensamientos estaba, cuando la puerta de la cafetería se abrió y en el umbral apareció una visión del pasado. Era ella, Helena, no le cabía ninguna duda, estaba igual que hacía veinte años, pero distinta. Tenía más aplomo al andar, su mirada brillaba como la recordaba, sólo su cuerpo había sufrido algunos cambios, que Manolo consideraría para mejor. Conservaba su melena larga castaño claro, ahora con algunas mechas rubias; sus ojos color caramelo y menta y, su maravillosa sonrisa.

Se levantó de su asiento para salir a su encuentro.

Por el pasillo que dejaban las mesas de la cafetería, iba pensando “¡Qué guapa está! No ha cambiado, la hubiera reconocido entre un millón” .

Al llegar a su altura, antes de cruzar palabra alguna la cogió por los hombros y la miró a los ojos. Después de unos segundos dijo simplemente “hola”. Ella tomando la iniciativa, depositó un beso en cada una de sus mejillas a la par que también le saludaba con un simple hola.

Pidieron dos cafés con leche y comenzaron a hablar atropelladamente.

No, habla tú primero – concedió caballerosamente Luis.

Me parece mentira estar aquí contigo después de tantos años y, a la vez, me parece que fue ayer el último día que te vi–. Ella hizo una pausa para recomponerse por dentro y poder seguir hablando. – Bueno cuéntame como es tu vida, qué haces, qué has hecho en estos casi veinte años.

Mi vida es aburrida no tiene ningún interés. ¿Porqué no empezamos por la tuya?

De esa manera ganaba tiempo para reponerse de la emoción de tenerla frente a él, tan cerca que olía su dulce perfume y, si alargaba unos centímetros la mano, podía tocar la de ella.

 

El tiempo pasó volando, mientras Helena le contaba que en esos veinte años Jaime y ella habían tenido dos hijos, que no había sido fácil para ella compaginar su rol de madre y de trabajadora, por lo que a los pocos años lo había dejado dedicándose en exclusividad a su familia, que no hacía mucho había vuelto a trabajar pues los chicos ya eran mayores y la necesitaban menos, que vivían en un pueblo cerca de Madrid, muy próximo al que pasaban las vacaciones en su juventud.

Ante la pregunta de Luis sobre si se veían con los otros de la pandilla, le contó que algo, que sobretodo los veranos para hacer alguna que otra barbacoa y poco más, que lo que si hacían era hablar por teléfono, más frecuentemente con Cristina y con Begoña.

 

Todo aquel discurso lo escuchó Luis como en un sueño. No dejaba de mirarla, de observar cómo movía sus manos, cómo se encendía un cigarrillo y soltaba el humo con un gesto que se le antojó muy sexy. Pero sobretodo, pensaba en salir de allí con ella, llevarla a cenar y pasear de su mano por las calles de Madrid como dos enamorados.

 

Le cogió por sorpresa cuando ella miró el reloj.

¡Ya son las siete! ¡Dios mío! ¡Cómo se me ha pasado el tiempo! Y no te he dejado hablar.

No te preocupes, me ha encantado oírte– reconoció con una leve sonrisa. – Sobre mi hay poco que decir. Sigo trabajando en la misma empresa en la que entré al acabar la carrera ¿te acuerdas? He pasado por distintos departamentos y he conseguido una posición bastante desahogada. Ahora mismo estoy inmerso en un proyecto pionero con un archivo del país vecino y por eso es por lo que de vez en cuando tengo que viajar a Lisboa. Sigo soltero…

¿No me digas que trabajas con un archivo y en Lisboa?– le interrumpió bruscamente.

Yo también he estado trabajando en un archivo no hace mucho, pues en la carrera estudié Paleografía y me encanta.

Helena cambió el tono hacia la melancolía al seguir hablando: – Tiene gracia lo de Lisboa. Hace unos cuantos años preparamos un viaje allí, pero me quedé embarazada de mi segundo hijo y nunca más. Aunque lo que de verdad me gustaría conocer es el Algarve ¿Sabías que se llama así por los árabes?–. El momento melancólico había pasado.

Era maravilloso, le hablaba como antaño, sin reservas, sin coqueteos, sin intentar parecer lo que no era. En fin, eso era lo que le había fascinado de ella en el pasado y lo seguía haciendo. Su naturalidad.

 

Pero todo lo bueno tiene un final y Helena volvió a consultar su reloj.

De verdad, Luis, me tengo que ir. Mis obligaciones me reclaman. Hay dos personas que esta noche querrán cenar y les importa un bledo que su madre esté muy a gusto tomándose un café con un amigo de la juventud.

¿Significa eso que no te puedo invitar a cenar? Creí que al no estar Jaime… Quiero decir que… sí podremos quedar para otro día, ¿verdad?

Claro. Estoy segura de que a Jaime le encantaría verte y charlar de los viejos tiempos. Sintió que, de alguna manera, debía dejarle claro que aquello no era una cita a escondidas de su marido. Por otra parte, era una forma de comprobar sus intenciones respecto a ella.

Aquello sonó muy mal en los oídos de Luis. Sintió como si le hubieran echado un jarro de agua helada por la espalda. No era ese su plan, quería pasar más tiempo con ella ahora que la había vuelto a encontrar. Sinceramente, en esos momentos, Jaime y los demás no existían para él, sólo Helena. Tenía que retomar la situación pero sin que se notasen sus intenciones.

Sí, por supuesto, pero supongo que estará muy ocupado entre semana y yo todavía voy a tardar una semana más en volver a Lisboa. ¿No podríamos vernos el lunes que viene, por ejemplo?– . Internamente le gritaba di que sí, por favor, di que sí.

De acuerdo. En principio quedamos para el lunes aquí mismo, si te parece bien. Si ocurriese alguna cosa, te llamaría ¿vale?

¿Has venido en coche? ¿quieres que te acerque a algún sitio?

Eres muy amable –le concedió rozándole ligeramente con su mano–, gracias, pero como te he dicho vivimos fuera y para mi el coche es imprescindible. ¿Quieres que yo te acerque a ti ?

No, deja, si yo también he venido en coche– le mintió absurdamente.

Entonces me voy que se me está haciendo muy tarde– se despidió, volviendo a darle dos besos.

 

Esperó a que saliera de la cafetería sólo para poder contemplarla desde lejos. No sabía explicar cómo se sentía. Sí que había valido la pena toda esa espera, todo el sufrimiento de tantos años, o, por lo menos eso creía.

Cuando Luis dejó el local, tras pagar la nota (ni por lo más remoto le hubiera dejado hacerlo a ella), la noche había caído sobre Madrid. La ciudad parecía otra, era como si supiera lo que pasaba por su alma y quisiera demostrárselo luciendo sus mejores galas. Todos los escaparates de las tiendas, las farolas, brillaban con más intensidad. Se sentía feliz y eso que sólo había sido un café y un poco de charla. ¿Cómo sería pasar todo un día con ella? Y ¿una noche? Y ¿toda la vida?.

 

Intentando volver a la cruda realidad, consultó su reloj y vio que sólo eran las siete y media.

Manolo todavía estará en la oficina –se dijo– además tengo el coche allí.

 

 

 

 

Ella-5

 

 

 

 

Era sábado por la noche cuando Helena creyó oír la puerta de su casa. Se levantó con mucha cautela del sofá y se encaminó a la misma.

¡Ah! Eres tú, cariño ¡Qué susto me has dado! ¿Tú no tenías que regresar el martes?

¿Qué te ha parecido la sorpresa? He acabado antes. He ido al aeropuerto y como había billete no me ha dado tiempo ni de llamarte. Además, así no hubiera sido una sorpresa.

Ambos se habían fusionado en un apasionado abrazo y se besaban.

¿Por qué no quitas la “tele” y nos vamos a la cama?– le susurró al oído Jaime mientras recorría su espalda hasta donde pierde su nombre.

Aquella invitación de su marido produjo un efecto inesperado en Helena. Hicieron el amor con más pasión de la habitual. Era como si ella o su cuerpo, necesitaran liberarse de una gran tensión que le había perseguido desde el encuentro con Luis.

Quería a Jaime, eso era irrefutable. Entonces por qué esos nervios, ese estar todo el día dándole vueltas a lo de Luis. ¿Qué le importaba a ella lo que él sintiera o hubiera sentido en el pasado? Había pasado el suficiente tiempo como para que todo aquello no tuviera ninguna importancia. ”Voy a empezar a creerme lo de la crisis de los cuarenta”. Se dijo mientras adoptaba su habitual postura para dormir y oía la respiración fuerte pero satisfecha de Jaime.

 

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

Hasta la mañana siguiente no cayó en la cuenta de que si Jaime estaba en casa, no podría acudir a su cita del lunes con Luis. Debía llamarle cuanto antes: “Quizá sea una señal. No debemos seguir viéndonos a escondidas como si estuviéramos haciendo algo malo”. Pero si no era malo ¿Por qué no le había comentado nada a su marido? En la primera ocasión se lo contaría ¿Por qué no?.

 

 

 

 

Él-5

 

 

 

 

Cuando Luis llegó a la oficina, ya se habían ido todos incluido Manolo. Recogió su coche y se encaminó a su casa.

Al abrir la puerta de su piso tuvo de repente una sensación de soledad que no experimentaba desde que Mónica se fuera. Todo estaba como lo dejase por la mañana: la ropa sucia en el suelo del baño, los restos del desayuno sin fregar, la cama sin hacer (hasta el viernes no vendría la señora de la limpieza); pero sobretodo había silencio.

Nada de eso era nuevo, ocurría todos los días ¿Por qué ahora era distinto? La respuesta la tenía dentro de si mismo, Helena.

Se quitó la chaqueta y se dejó caer en el sillón, deslizando la mirada por toda la sala se detuvo en las cortinas. Las cortinas de Mónica.

Para él, la casa nunca había sido una preocupación, pero cuando le propuso a Mónica que vivieran juntos, pues creía que podía ser la mujer de su vida, su media naranja, a ésta le llamó la atención lo espartano de la decoración.

Él le dio carta blanca para que la decorara como mejor le pareciera. Así fueron apareciendo cuadros en las paredes, apliques en vez de casquillos , un edredón nuevo para la cama, cacharros de cocina impensables para una mente de soltero, toda clase de figuritas en los estantes del salón, un jarrón chino de estilo indescriptible, algunas de las fotos que ella hacía… y las cortinas. Según ella, las anteriores eran anodinas, casi producía depresión verlas. Las suyas eran muy coloridas, muy alegres, “la última moda” según le gustaba decir a todo el que les visitaba.

 

Mónica se fue llevándose todo lo que había puesto, menos las cortinas, “para que sigas teniendo un punto de alegría en este salón. La vas a necesitar”, fue lo que le dijo el día que recogió sus cosas.

Luis era plenamente consciente de que el único culpable de que la relación no funcionase era él. Ella tenía casi diez años menos. Cuando se conocieron pensó que una chica de treinta podría ser lo que su vida necesitaba. Todo el mundo le advertía de la crisis de los cuarenta y de lo importante que podía ser el tener a alguien al lado cuando llegase, más si era joven. No tardaron mucho en tomar la decisión de vivir juntos. Luego, cuando a Luis le surgió lo de Lisboa, no dudó en que ella le acompañase, es más, insistió. Como ella trabajaba en casa (Mónica estaba preparando un libro con fotografías de Madrid) le daría igual hacerlo en otro sitio, “sólo necesitaba su ordenador”, esgrimió como argumento convincente.

 

El resultado, no pudo ser peor. Él trabajaba hasta tarde y ella pasaba muchas horas sola encerrada en la habitación de un hotel. La actitud de ella se volvió insoportable para Luis, que hacía lo que podía para no mostrarse asqueado.

Todo ello desembocó en una bronca monumental por celos de Mónica hacia la doctora Poussadas. Argumentó que si pasaba tanto tiempo con ella era porque le gustaba y no porque el trabajo lo requiriese. Aquello le abrió los ojos a Luis. Era evidente que se había equivocado. Mónica no era su media naranja, posiblemente no existiera su media naranja o, ya no estaba en el árbol.

Así que, a los seis meses de convivencia Mónica se fue y Luis volvió a estar solo. De todo aquello hacía más de un año y nunca había sentido la soledad tan profundamente como aquella noche. Instintivamente se acercó al equipo de música, rebuscó entre sus cds y eligió uno. Al momento Joaquín Sabina cantaba “Así estoy yo, así estoy yo, así estoy yo sin ti …”

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

El jueves pasó sin pena ni gloria. Manolo le insistió para que le contara, pero por alguna razón incomprensible, Luis le estuvo esquivando todo el día. Dejando que el trabajo absorbiera todos sus pensamientos de forma que no pudiera pensar en Helena más de un segundo seguido. Tenía demasiado embarullados los sentimientos como para enfrentarse a un interrogatorio exhaustivo de su amigo.

 

Cuando volvió a casa, de nuevo tuvo esa sensación de soledad que había experimentado la noche del miércoles. La mezcla de alegría por haberla visto de nuevo y de desconsuelo por lo breve del encuentro, le sumían en una especie de estado melancólico que le incapacitaba para hacer nada. Se quitó la ropa de trabajo, se puso un suéter y unos pantalones viejos, abrió la nevera, que como de costumbre a penas tenía nada y cogió una cerveza. ”Debería ir a hacer la compra. Dentro de poco no me quedaran ni cervezas”. Observó mientras hacía saltar la chapa de la botella.

Volvió al salón y repitió el rito de buscar entre su colección de música algo de su juventud. Lo que encontró fue un disco de “Presuntos Implicados“. No era uno de sus favoritos pero cuando la vocalista, Sole, empezó a cantar: “Cómo hemos cambiado, cómo hemos olvidado aquella amistad…” Sintió que hablaba de su vida, que le cantaba a él. La canción avanzaba y ahora Sole, la solista, le decía: “Lo mejor que conocimos, separó nuestros destinos que hoy se vuelven a reunir. Y, tal vez , si tu y yo queremos volveremos a sentir aquella vieja entrega…

“¿Querría ella volver a sentir aquella amistad? ¿Quería él sólo amistad?” Se decía. Era consciente de que no era libre, estaban Jaime y sus hijos y, lo más importante, no le había dado ninguna muestra de querer cambiar su “status”.

Por otra parte, había sido ella la que diera el primer paso para un reencuentro. Todavía se preguntaba ¿por qué? No le convencía la explicación que le diera en su primera conversación. Tenía que haber algo más. Las mujeres eran, por regla general más complicadas que eso, incluso Helena, algunas realmente retorcidas. Pero no le gustaba pensar así de Helena. Cuando la viera, le volvería a sacar el tema.

Miró el reloj. Eran las dos de la madrugada. Otra vez se había olvidado de cenar. Al día siguiente estaría hecho unos zorros. Visto por el lado bueno, a ese paso lograría adelgazar un poco, pensó. Le quedaban escasamente cinco horas para descansar. Eso si conseguía dormirse.

 

El viernes estaba más animado. Sólo el fin de semana le separaba de su cita con Helena.

A última hora de la tarde le llamó su jefe al despacho. “¿Qué querrá éste ahora?”, se dijo mientras recogía sus cosas para marcharse a casa.

Pasa, Luis, pasa– le indicó mientras hablaba por teléfono. – Acabo de hablar con Lisboa y, lo siento chico, pero el lunes te tienes que ir para allí–. La cara de Luis cambió de expresión, una mezcla de sorpresa y descontento que su jefe interpretó erróneamente. –Sí, ya se que no tenías que ir hasta dentro de dos semanas pero ha surgido un problema con el sistema y quieren que vayamos a solucionarlo. Al fin y al cabo ellos son los que pagan ¿no?.

 

De vuelta a casa, descargaba su ira en los demás conductores que, ajenos a sus problemas, le pitaban y soltaban improperios.

“Tengo que hablar con ella cuanto antes”. Fue lo primero que pensó una vez que entró en su piso. – Aunque, quizá sería mejor mandarle un mensaje. No vaya a estar “ocupada” y la liemos–, dijo recordando el estado civil de ella.

Dicho y hecho. Cogió el teléfono móvil y fue pulsando las distintas teclas de las letras. El mensaje era muy conciso, simplemente decía: El lunes tengo que estar en Lisboa. Pero cayó en la cuenta de que no sabía cuando volvería, luego, no podía decirle nada concreto. Decidió terminarlo con un Te llamaré a la vuelta.

 

 

 

 

Ella-6

 

 

 

 

La relación de amor/odio que Helena mantenía con su teléfono móvil, le había traído más de una sorpresa y sobre todo, algún que otro quebradero de cabeza. “La gente es muy dependiente de su móvil y se cree que todos somos iguales” argumentaba en su defensa, cuando su marido, sus hijos e, incluso sus amistades, le recriminaban que no hubiera estado pendiente de sus llamadas.

El domingo por la mañana absorta en sus pensamientos, en la soledad de su cocina, partía en rodajas muy finas una cebolla, estaba preparando una receta de su madre: Cordero con tomate. Sin a penas darse cuenta rehogaba en la olla, la cebolla y el cordero, que el carnicero había deshuesado y partido en trozos pequeños. Instintivamente cogió el móvil para cerciorarse de que no tenía ningún mensaje. La pantalla del teléfono aparecía totalmente oscura: “No tiene batería” se dijo mientras remojaba una miga de pan en vino (Moriles para más señas) “Soy un desastre. Ha podido estar llamándome cualquiera…”

¿Cualquiera?– se preguntó en voz alta. – Cualquiera sabe que a estas horas estas en casa, querida– se amonestó. “Sólo hay una persona que te llamaría al móvil”.Se confesó mentalmente mientras incorporaba los tomates pelados al guiso y siguió dándole vueltas. Todo tenía que quedar bien mezclado y tierno. Puso a cargar la batería, no quería estar “ilocalizable”.

 

Los aromas de la receta materna inundaban la estancia con un agradable olor a cocina tradicional. No sabía por qué, pero se sentía bien, tan bien que conectó su mp3 a los altavoces que su hijo Pablo le había instalado en la cocina; del artilugio tecnológico brotó una melodía: September de los Earth, Wind & Fire y Helena comenzó a compaginar sus pasos de baile con los culinarios, mientras cantaba: “Do you remember…”

Unas notas fuera de la melodía le llamaron la atención, se acercó al aparato que descansaba cerca del móvil y descubrió que era éste el que había dejado escapar esa cancioncilla, la de que tenía un mensaje. Era de Luis.

¿Qué pasará ahora?”– pensó. Y abrió el sms. Mientras lo leía se acercó a rematar su receta: vertió sobre el guiso el contenido del vaso, es decir, la miga de pan y el vino que aún quedaba sin absorber, rectificó de sal y le echó una pastilla de caldo concentrado.

Se tiene que ir a Lisboa ¿el lunes?

Como estaba sola se permitió el lujo de verbalizar sus pensamientos en alto de nuevo:

¿No será que se lo ha pensado mejor y no quiere que nos veamos? Bueno, esto me facilita las cosas con Jaime. Ahora sí que le puedo decir que he visto a Luís “casi por casualidad” sin mentirle.

“Estoy prácticamente segura de que, si es verdad lo del viaje, a su vuelta no va a llamarme”. Se mintió así misma. Puso la tapadera a la olla, la cerró, colocó la pesa en el apéndice destinado a ello y programó el reloj avisador para que sonara en media hora. Cuando la pesa ejecutaba un frenético baile sobre sí misma, salió de la cocina.

La contrariedad que le había producido el mensaje de Luis, le había hecho olvidar que ella le iba a llamar para anular igualmente aquella cita.

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

Semanas después de aquel mensaje Helena nada había vuelto a saber de Luis. Esta situación le confirmaba sus sospechas de que él se había rajado. Posiblemente fuese lo mejor, pues le permitía volver a su vida anterior como si nada hubiera pasado.

Lo que más echaba de menos era el no poder contárselo a ninguna de sus amigas, sobretodo a Cristina.

Su amistad databa de muchos años atrás. Se conocían desde los doce años y siempre se habían llevado muy bien. Pero dicha amistad se puso en peligro cuando Helena le confesó a Cristina que le gustaba Jaime y que éste le había pedido salir. Helena no entendió la reacción de su amiga que, en vez de felicitarla, recibió la noticia con mala cara y, como si fuera su madre, le advirtió de que tuviera cuidado, que era muy joven y que los tíos “sólo querían una cosa” le espetó a la asombrada muchacha.

Aquello fue un duro golpe para Helena. Más tarde averiguó que las reticencias de Cristina eran simples celos, pues ella también se había fijado en Jaime y es muy duro ver como te lo quita tu mejor amiga. La pobre Helena ignoraba los sentimientos de su amiga, nunca le había dicho nada ni ella había notado que Cristina tratase a Jaime distinto que a los otros chicos del grupo. Sintió un gran alivio cuando empezó a salir con Luis aquel verano, aunque resultase un fracaso. Cuando, se fijó en Diego, Helena estuvo segura de que era la elección perfecta.

Ahora la situación era muy diferente, pero en su interior algo le decía que no podía contárselo, que no lo iba a entender y, lo que era peor, que posiblemente censuraría su actitud como ya hiciera antaño.

“Cristina podía ser muy intransigente cuando más la necesitabas“. Recordó con cierto desasosiego Helena.

 

 

 

 

Él-6

 

 

 

 

Luis regresó de Lisboa el miércoles y no pudo zafarse del ataque de Manolo. Le cogió desprevenido el jueves nada más pisar la oficina.

¡Vaya ,si está aquí el que antes era mi amigo! ¡El señor secretitos!– le reprochó según le vio por el pasillo.

Deseando evitar que le hiciera una escena delante de toda la oficina, Luis le empujó dentro de su despacho.

Perdona. No tengo defensa posible. Se que me he portado como…

Como un capullo– le cortó Manolo.

Vale, tu lo has dicho, como un capullo y no debía de haberlo hecho después de lo que me has ayudado ¿Te vale así?

No, lo que me vale es que me cuentes, de una puta vez, qué ha pasado con la tal Helena. ¡Hace una semana que quedaste con ella!

En pocos minutos, le refirió su encuentro con Helena en la cafetería, su cita para el siguiente lunes y que por culpa del maldito proyecto de Lisboa no habían podido verse.

 

Muy bien, muy bien. Pero y ¿los detalles?¿Cómo está? ¿Sigue estando buena o se ha convertido en una “mamma”?

Y mientras lo decía, hacía el típico gesto de los italianos con las manos.

¿De veras quieres que te de un informe detallado de su aspecto actual?

Luis hacía esta pregunta aposta para desesperar a su amigo. Lo conocía muy bien y sabía qué era lo que realmente le interesaba.

Sin entrar en detalles escabrosos, te diré que aún está de buen ver. ¡De muy buen ver!¿Porqué te crees que le pedí que nos volviéramos a ver?

Ambos hombres se echaron a reír.

No. Ahora en serio. Manolo, esa mujer me gusta como no me ha gustado ninguna. No ha cambiado nada desde que teníamos dieciocho años. Fue la mejor tarde de mi vida en muchos años.

¡Vaya, gracias por la parte que me toca! Y, ¿Se puede saber por qué no la has llamado? Porque… no la has llamado ¿verdad?– el tono irónico de Manolo no dejaba lugar a dudas.

A eso no te puedo contestar. No tengo una respuesta convincente. Creo que necesito tiempo para ordenar mis ideas, mis sentimientos mejor dicho–. Luis estaba lanzado a confesar a su amigo todas sus inseguridades–. Tengo miedo de sufrir. No quiero que me hagan daño. Aunque sentí un gran placer al estar hablando con ella. He de decirte que desde entonces, cada vez que vuelvo a casa al anochecer, me siento en el sofá con una cerveza y me pongo a escuchar música de aquella época, con muy poca luz y siento una soledad que no he sentido jamás.

Joder, Luis me estás preocupando. Este no es mi amigo. ¿Qué cojones has hecho con mi amigo?– preguntó Manolo mientras le agarraba, en broma, de las solapas de la americana.

Ya no escuchaba a Manolo, sólo quería dar rienda suelta a todo lo que en la distancia, en Lisboa, había estado pensando.

He recuperado a una buena amiga y, quizá tenga que seguir siendo sólo eso.

Y mientras lo decía miraba por la ventana hacia la nada.

 

Ante los argumentos de su amigo, Manolo decidió que no debía ahondar más en la herida, que no había lugar para ironías. Aquello era serio. Por primera vez en mucho tiempo se encontraba sin palabras que decir, sin un consejo que proporcionar a un colega que lo estaba pasando mal. “Me gustaría conocer a la mujer que tan profundamente a hechizado a mi amigo”, pensó mientras salía del despacho dejando tras de sí a un Luis ausente.

 

 

 

 

Ellos-2

 

 

 

 

Los miércoles Helena no trabajaba. Era el día que destinaba para ir de compras, al super o, a ver a su madre. Era temprano y estaba sola en casa.

Y ¿si le llamase? Ya hace semanas que me mandó aquel mensaje– se oyó decir. – No tienes solución querida Helena. Lo tuyo es de juzgado de guardia ¿otra vez vas a empezar el lío?– se reprendió a si misma. – No, esta vez voy a ser clara le diré el porqué de mis llamadas y ya está. Tampoco es para tanto. Al fin y al cabo somos amigos desde hace tiempo– seguía justificándose. – Además, cuando se lo dije a Jaime no le dio mayor importancia.

Cogió el móvil y marcó su número. A los tres toques una voz contestó al otro lado. Sin quererlo su respiración se había acelerado.

Helena ¿Eres tú? No esperaba que me llamases– su teléfono había identificado la llamada.

¡Hola!¿Qué tal te fue en Lisboa?

Muy bien, gracias.

Ahora se sentía mal por no haberla llamado a su regreso.

Oye, ¿A qué hora sales a comer?

A las dos. “¿De qué va todo esto? “ pensó cada vez más intrigado.

¿Podrías escaparte no sólo a comer si no toda la tarde?

Helena estaba decidida a tener tiempo para poder hablar con él a solas y había trazado un plan.

Creo que sí– dijo él con voz dubitativa.

Vale, pues recógeme en la estación de Villalba a eso de las dos y media.

 

Ya estaba hecho. Había estado pensando en el escenario ideal para una conversación tranquila entre ellos y sin darse cuenta su mente la transportó a sus salidas en coche cuando él tenía el carné recién sacado.

Siento que sólo volviendo al pasado, arreglaré mi presente– dijo y empezó a vestirse.

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

A las dos y media en punto llegó Luis al lugar convenido. Nunca había estado en la susodicha estación y le costó un poco localizarla. Claro que lo peor no fue eso. Lo peor había sido tener que decirle a Manolo lo que pasaba y si podía cubrirle con el jefe. Todavía resonaban en su cabeza las advertencias, maldiciones y demás, que un desconcertado Manolo le había dicho mientras él corría por el pasillo antes de que su amigo se arrepintiese y de que él mismo se lo pensase mejor.

 

De camino a la sierra, fue pensando en la llamada, en que una vez más era ella la que daba el primer paso. Estaba claro que algo quería, pero ¿qué? Tenía que averiguarlo cuanto antes, no podía seguir así por mucho tiempo.

 

Por su parte, Helena había llegado con mucha antelación. Necesitaba recuperar la calma antes de volver a enfrentarse a él. Quería estar segura y convencida de lo que estaba haciendo. En estos pensamientos estaba cuando un coche se detuvo delante de ella.

 

¡Vaya con los solteros! ¡Qué bien os lo montáis!– comentó al ver el modelo de coche, un BMW serie 3 nuevecito en color cereza. Su color favorito.

¡Hola Helena!– dijo Luis acercándose para darle un par de besos.

¿Te das cuenta de que si tuvieras que mantener una familia, no podrías darte ciertos caprichos?

 

La pregunta quedó sin respuesta. La adquisición de ese coche no había tenido nada que ver con la soltería, él habría seguido tan a gusto con su Peugeot 405 de segunda mano. El BMW era una de las cosas que había hecho por amor, uno de los caprichos de Mónica. Luis arrancó el coche y preguntó a su vez.

¿Dónde vamos? ¿Vuelvo a la autopista?

No. Coge la nacional hacia el puerto. ¿De veras que no sabes a dónde vamos?

Helena estaba encantada con mantener la intriga.

 

Entonces en la mente del conductor se encendió una luz. Según avanzaban por la carretera también los recuerdos lo hacían en su mente. Se vio con dieciocho años, el carné de conducir recién estrenado, conduciendo el coche de su padre y al mirar hacia el asiento de al lado, vio a la misma persona que ahora lo ocupaba. ¡Qué nervios tenía en aquella época! Casi no podía conducir sólo de pensar que ella iba sentada en el otro asiento. Ahora, más de veinte años después, se sentía completamente feliz aunque… tenía que reconocer un cierto nudo en el estómago. Comprendió las intenciones de Helena y se sintió ilusionado.

 

En media hora llegaron al pueblo serrano y entraron a tomar unas tapas y unas cervezas en un bar de la carretera que conocían. Por increíble que pareciera, aquel bar seguía estando allí después de tantos años.

Hay que ver cómo cambian las cosas. Antes cuando subíamos aquí sólo nos tomábamos una coca cola y para los dos.

La voz de Helena tenía una pincelada de melancolía y nostalgia.

Bueno, míralo por el lado positivo: veinte años después te puedo invitar a comer. Señal de que las cosas no nos han ido tan mal.

Luis intentó dar a su tono un poco de ánimo, pero la verdad es que él también se sentía embargado por la nostalgia. Le había encantado volver a ese sitio, poder revivir el pasado por unos momentos.

Cuando llegaron junto al coche, la sujetó suavemente por el brazo, la puso frente a él diciéndole: – Te agradezco que me hayas sacado de mi rutina.

No tiene importancia– le miró a los ojos sonriendo. – Ha sido un placer.¿Me dejas conducir a mi ahora? Quiero llevarte a otro sitio.

Aquella proposición le pilló por sorpresa, pero le encantó. Por él podía llevarle al fin del mundo.

Durante el corto trayecto se dedicó a contemplarla con el rabillo del ojo. Ella conducía el coche con suavidad, parecía que fuera suyo. Tanta placidez, le sumió en un duermevela reconfortante.

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

El sitio donde Helena dirigía el coche era la Jarosa, una importante extensión de monte que cobijaba un embalse del mismo nombre. Escenario estival de alguna que otra aventura. Esa tarde de finales del otoño les regalaba una vista fantástica. Un embalse casi lleno, para las fechas que eran, todo rodeado de pinos, jaras (Helena procuraba no perderse la floración de las jaras en mayo), romeros… que aportaban al aire su sutil fragancia. Estacionaron el coche en el lugar acondicionado para tal fin.

 

Pese a la baja temperatura, el sol calentaba lo suficiente para poder pasear y eso es lo que hicieron. Su caminar era lento y silencioso. Al tratarse de una zona de pinares, el suelo era una enorme alfombra que formaban las agujas que inexorablemente caían de los árboles cuando se secaban, amortiguando las pisadas de los caminantes.

 

¡Adoro este lugar!– comentó Helena, a la vez que abría los brazos como queriendo abarcarlo todo. – Me trae recuerdos de cuando éramos jóvenes y veníamos a pasar el día, a hacer barbacoas ¿Te acuerdas?

Vagamente. Creo que vine una o dos veces– contestó Luis cogiendo una piña del suelo y lanzándola todo lo lejos que pudo.

Tienes razón, veníamos más antes de que vosotros aparecierais… Subíamos andando cargados con comida y bebida. Era muy divertido– recordó Helena dando un suspiro.

No se porqué justo cuando nos hicimos mayores y empezamos a tener carné de conducir, dejamos de venir.

Esta última frase la dijo para ella, como una reflexión.

Instintivamente, Helena se cogió del brazo de Luis y así siguieron andando en silencio un rato más.

¿Quieres que nos sentemos? – preguntó cuando llevaban un buen rato caminando.

Él asintió con la cabeza.

 

Helena le dirigió hasta el embalse. Allí traspasaron las puertas para los pescadores. Buscaron una roca lo más cómoda posible y se sentaron uno junto al otro.

Te agradezco que me hayas llamado y más, que me hayas preparado esta excursión. No había vuelto a pensar en nuestros viajes en coche. Eras muy valiente montando con un conductor inexperto.

Bueno, tú necesitabas compañía para tus “prácticas” y yo no le dije que no a un amigo- se excusó.

En realidad tengo que confesarte –siguió–, que era algo que llevo mucho tiempo queriendo hacer. Como ves, no ha sido nada altruista, más bien bastante egoísta– se sinceró Helena.

Pues no lo entiendo.¿No vivís cerca de aquí?– quiso saber Luis.

Eso es lo absurdo del caso que vivimos a dos pasos de aquí... ¿Siempre has querido estar soltero?

El cambio radical de tema pilló tan por sorpresa a su amigo que no acertó a contestar nada. Pero tampoco parecía que Helena esperase una respuesta por que siguió preguntando:

¿Nunca has vivido en pareja? ¿Nunca has pensado en casarte?

Ahora sí que hizo un silencio para que él contestara.

Si te refieres a si es vocacional, te diré que no. No es algo que en mi caso haya elegido. Es algo que ocurre y ya está–. No tenía intención de hablarle de Mónica. Al menos no ese día.

 

Helena siguió hablando como si lo hiciera con ella misma.

Cuando Jaime y yo nos casamos, pensé que éramos los primeros, pero que en poco tiempo vendrían más bodas. Las de todos vosotros. Me hacía ilusión imaginar las reuniones que podríamos hacer, incluso cuando hubiera niños ¡Qué equivocada estaba!– en su tono de voz se podía adivinar las emociones que apenas lograba controlar. – Pero la realidad de la vida se impone… Todos estamos muy ocupados con los trabajos, los niños, la familia…, prácticamente no nos vemos, salvo con Cristina y Diego, algo con Oscar y Sonia. Pero… y tú… ¡veinte años sin vernos!

Su voz terminó por quebrarse. Las lágrimas empezaron a discurrir lentamente por sus mejillas.

Nada ha salido como lo imaginé–. Helena no entendía qué le estaba pasando. No era lo que tenía planeado.

Por un momento, Luis tuvo la sensación de que ella hablaba para sí y no con él. El caso es que no le importaba, se encontraba en un sitio maravilloso y ella estaba sentada muy próxima a él.

Helena, efectivamente tenía la mirada fija en el horizonte, su silueta se recortaba con la escasa luz que el sol de otoño ofrecía a esas horas, la misma luz que se reflejaba en su cabello castaño claro y en el agua del embalse. Aquella visión fue demasiado para la maltrecha voluntad del hombre, que acercándose aún más a ella, rodeó el óvalo de su cara con ambas manos y depositó un suave, cálido y contenido beso en sus labios.

El beso sacó a Helena de su “trance”. Se preguntó para si: ¿Me ha besado?, al mismo tiempo que se llevaba los dedos a los labios, como buscando pruebas materiales de lo que acababa de suceder.

Luis tampoco se creía lo que había hecho. No lo había pensado. Simplemente había ocurrido. “Tengo que decir algo”, pensó. Pero todo lo que pudo decir fue: – Perdona no se lo que me ha pasado. Yo – balbuceó–, yo no quería…

Y su mente le recriminó: ¡No seas mentiroso!¡Sí querías hacerlo!¡Llevas mucho tiempo queriendo hacerlo!¡Díselo, se un valiente!.Pero, en cambio lo que dijo fue algo distinto:

¿Nos vamos?.

Ambos se levantaron y en silencio recorrieron los escasos metros que les separaban de donde habían estacionado el coche.

En silencio también hicieron el camino de vuelta.

Cuando se aproximaban a Villalba, él preguntó si la llevaba a casa.

No, gracias –declinó la oferta–. Prefiero que me dejes en la estación–. La voz de Helena no tenía tono.

Helena, por favor, te pido que olvidemos lo que ha pasado. No puedo…

 

Pero Helena no le escuchó, se bajó del coche y cerró la puerta. Las lágrimas que le nublaban los ojos y pugnaban por salir, no le dejaron a penas ver cómo se alejaba el vehículo, con un abatido Luis al volante. Volvió a casa en autobús. Le vino bien, pues durante el trayecto fue pensando en lo que había pasado. Por sorprendente que parezca, no se sentía ofendida ni molesta, sólo descolocada y con la sensación de que sus dudas se habían disipado esa tarde con aquel beso.

Ahora estaba plenamente segura de que Luis sentía algo por ella, ¿Venía de lejos? Todo daba a entender que sí.

La cuestión era ¿Qué iba a pasar a partir de ahora? ¿Volvería él a desaparecer de su vida? Estaba echa un lío y no se sentía con fuerzas para tomar ninguna decisión en esos momentos.

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

“¿Porqué lo has hecho?” Se repetía una y otra vez Luis en su mente. La contestación era innecesaria. “Lo he estropeado todo. No va a querer verme más y lo entiendo. No se qué le podría decir para disculparme”. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para concentrarse en la conducción.

 

Cuando llegó a su piso, la calidez de los labios de ella aún se mantenía en los suyos. Se tumbó en el sofá (últimamente no llegaba nunca a la cama) y con el recuerdo de esa tarde más el cansancio acumulado de los anteriores días, se quedó dormido.

 

 

 

 

El otoño duró lo que tardó en llegar el invierno”(J. Sabina: Y nos dieron las diez)

 

 

 

 

Ellos-3

 

 

 

 

El invierno casi tocaba a su fin. Había sido un invierno atípico. Había nevado, llovido y soplado el viento, como no se recordaba en Madrid desde hacía varios años.

En fin, todos esperaban que la primavera se comportase y les diese la oportunidad de ver el sol con frecuencia.

 

Luis y Helena habían vivido su propio invierno: no se habían vuelto a ver, no habían hablado. Ningún contacto hubo entre ellos después de aquella tarde.

Ambos seguían con sus vidas de forma rutinaria, Luis trabajando y viajando cada dos semanas a Lisboa. En vano, Manolo intentaba animarle, recuperar a su amigo y compañero de salidas. Él siempre le daba la misma excusa: “Lo siento Manolo. No me apetece salir“. Se había acostumbrado a una rutina que incluía trabajar hasta tarde, irse a casa, poner música del pasado, ver la tele y dejar que le atrapase el sueño. Era consciente de que así no arreglaba nada, pero no se sentía con fuerzas para tomar decisiones.

 

Cuando estaba en Lisboa era algo más llevadero, quizá por la distancia. Pero aún y así, la doctora Poussadas advirtió un cambio en su actitud. El trabajar juntos durante los dos últimos años había generado una cierta camaradería y confianza entre ellos. Luis parecía más centrado en el trabajo, no cansarse, no querer que la jornada acabase. Al mismo tiempo, era frecuente sorprenderle con la mirada perdida, ausente.

La discreción que la caracterizaba, la hizo mantenerse expectante y no preguntó nada. “Algún problema debe tener en Madrid”, se dijo queriendo quitarle hierro al asunto.

 

Helena siguió con su trabajo en la academia y luchando con sus hijos. En casa con Jaime trataba de mostrarse lo más normal posible, y con el tiempo lo consiguió. Si en algunos momentos se vino abajo, su marido lo achacó a la regla, el trabajo, los chicos, la casa… y ella no le sacó nunca de su error. Al revés, era reconfortante tener coartadas como esas para no tener que dar explicaciones.

 

Ninguno quería reconocer así mismo que pensaban a menudo en aquella tarde. Inmediatamente borraban de su mente ese pensamiento; Luis por que le hacía demasiado daño, Helena por que la descolocaba.

 

 

 

 

 

* * * * * * * *

 

 

 

 

 

La última semana de marzo ambos recibieron una llamada. Era Begoña, por fin había terminado de amueblar y decorar su casa. Les invitaba a todos a una cena “retro” para celebrarlo.

 

El destino jugaba su partida y ellos eran los naipes.

 

 

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© Angel Del Castillo Llorente

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